México D.F. Miércoles 09 de enero de 2008
Hay varias nubes ensombreciendo el paisaje económico mundial. Pero
parece haber consenso sobre la más amenazadora: el desequilibrio entre
países con altos niveles de ahorro y fuerte superávit en sus
cuentas externas (como China y Japón), por un lado, y naciones con un
muy bajo nivel de ahorro y déficit externo importante (como Estados
Unidos). Este desbalance tiene detrás el potencial de detonar una crisis
financiera global con repercusiones insospechadas.
El peligro de una crisis sistémica es real: en algún momento
la economía mundial tendrá que ajustarse a un déficit
menor en la cuenta corriente estadunidense. Eso es inevitable. El actual estado
de cosas, con la posición deficitaria aumentando como proporción
de su PIB, es incompatible con la estabilidad a largo plazo. Por ese motivo, la
pregunta no es simplemente si va a reducirse su déficit comercial, sino
si el ajuste será doloroso y destructivo para la economía
mundial.
La sacudida en el mercado hipotecario el año pasado no hace sino
agravar una situación prexistente. El mercado hipotecario se fue
carcomiendo en la década pasada debido a la política monetaria
irresponsable que Greenspan instrumentó para salir de la recesión
de principios de los años 90. Hoy esa crisis ha comenzado a desbordarse
a otros sectores, como demuestran las inquietantes cifras sobre desempleo en el
país vecino. En diciembre pasado la creación neta de nuevos
empleos apenas llegó a 18 mil. Algo está realmente mal y la
llamada de atención va más allá de las fronteras
estadunidenses.
A muchos analistas les gusta insistir en un hecho clave: ahora China se ha
convertido en el motor del crecimiento. Pero eso es un poco engañoso.
Estados Unidos sigue desempeñando un papel importante, sólo que
esta vez como comprador de última instancia. Los ahorros de los
países con superávit han sido utilizados de manera creciente para
financiar la expansión del déficit estadunidense a través
de flujos de capital. Eso es lo que permite que su déficit comercial
crezca, lo que es un factor importante para la economía mundial.
En Washington se piensa que la devaluación del dólar en los
últimos años podría contribuir a corregir el
déficit comercial. Después de todo, un cambio en la paridad
induce una reasignación de recursos entre importaciones y bienes
nacionales. Pero eso no está muy claro para Estados Unidos porque aun
cuando el dólar inició su depreciación en 2002, el
déficit en la cuenta corriente (cuyo principal componente es la balanza
comercial) continuó aumentando, pasando de 4.5 por ciento a 6.6 por
ciento del PIB entre 2002 y 2006.
Una de las posibles explicaciones es que la depreciación del
dólar acarrea un efecto riqueza negativo, lo que provoca una
contracción en los países que detentan más activos en
dólares. Eso quiere decir que comprarán menos productos
estadunidenses y eso hará más difícil la corrección
del déficit en la balanza comercial de ese país. Eso puede ser
cierto, pero lo más probable es que estemos presenciando cambios de
composición en los flujos de comercio. Esos cambios revelan una
debilidad estructural de la economía estadunidense: ahora no sólo
es importadora de bienes de consumo, sino también de bienes de capital,
lo que hace que cualquier recuperación también agrave su
desempeño comercial.
China detenta hoy día el equivalente a un billón con 400 mil
millones de dólares en sus reservas. Aproximadamente 70 por ciento de
ese monto está en dólares estadunidenses y en activos denominados
en esa moneda. La composición de las reservas chinas en dólares o
en otras divisas no depende exclusivamente de parámetros
económicos. Es bien sabido que los inversionistas oficiales (por
ejemplo, los que compran bonos del tesoro estadunidense) se comportan de manera
distinta que los inversionistas privados. Éstos responden a cambios en
tasas de interés reales, tipos de cambio y el precio relativo de sus
activos. No obstante, los inversionistas oficiales recurren a horizontes
temporales de mediano plazo y están dispuestos a diversificar su cartera
de activos en función de otras consideraciones. Por eso China puede
restructurar su cartera de divisas en todo momento. Y cualquier
reconfiguración de las reservas chinas seguramente implicaría una
venta masiva de dólares, lo que puede detonar comportamientos de manada
y pánico en los mercados financieros.
El efecto riqueza negativo que conlleva la depreciación del
dólar para los estados que detentan enormes volúmenes de activos
denominados en esa moneda es un problema inquietante. Esos países se han
convertido en los principales interesados en mantener la estabilidad financiera
mundial y en salvaguardar el papel del dólar como principal moneda de
reserva. Eso puede tener efectos benéficos desde la perspectiva de
Washington. Pero de ahí a apostarle a un arreglo con bases tan
frágiles para sostener la estabilidad económica mundial hay mucho
trecho.