México D.F. Miércoles 02 de enero de 2008
Es buen tiempo para leer el poema escrito hace más de 50 años
por E. E. Cummings. Nunca hay que apiadarse del
monstruo ocupado, dice el poeta. Produce cosas, pero no puede hacer que nazcan.
Es la (in)humanidad, afirma Cummings, que vive
endiosada en la creencia de su grandeza a pesar de su pequeñez y vive
sometida a esa enfermedad confortable que llamamos civilización.
Cada vez existe más gente en el mundo que cuestiona la noción
de progreso y civilización que hemos heredado. Incluso en los
países ricos y en las capas más beneficiadas de la
población, el sentimiento de insatisfacción es cada vez
más difundido. Esto puede parecer paradójico para muchos porque
las ventajas que una parte importante de la población mundial ha podido
derivar de eso que llamamos civilización no son despreciables: mayor
esperanza de vida, erradicación de enfermedades terribles,
energía con sólo accionar un botón, etcétera. Casi
parece evidente que lo que llamamos progreso y civilización trae
beneficios portentosos.
Cierto, la abundancia de mercancías y de riqueza material es
sorprendente, aunque todos sabemos que coexiste con una desigualdad igualmente
impresionante. Eso ya debería ser una razón suficiente para
cuestionar el sentido de “nuestra” civilización. Aunque
muchos de esos beneficios materiales le han llegado a una parte importante de
la población mundial, es cierto que la mayor parte de la población
del planeta no vive en condiciones satisfactorias.
¿Qué dicen los números? De la población mundial
de 6 mil millones de seres, mil millones viven en
Otros 2 mil millones viven en la pobreza, con un ingreso minúsculo y
una alimentación deficiente. Sus condiciones materiales de vida son
insatisfactorias, con malos servicios de agua y salubridad. Finalmente, otros
mil millones se hunden en la pobreza extrema en distintas regiones del planeta,
y su existencia es brutal y breve, como diría Hobbes.
Es decir, para 85 por ciento de la población mundial el sueño de
la civilización y el progreso todavía es una distante
ilusión.
Lo más importante es que lo que llamamos riqueza material es
resultado de un gigantesco proceso de destrucción ambiental que
está provocando la mayor y más rápida extinción
masiva de especies en la historia de la biosfera. Desde que surgió la
vida en el planeta se han presentado cinco extinciones masivas de especies:
procesos en los cuales una proporción importante de las especies
existentes desaparece de la faz del planeta para siempre. La primera se produjo
hace 450 millones de años y la quinta se presentó hace apenas 65
millones de años. En conjunto, esos episodios de extinciones masivas han
provocado la desaparición de cerca de 98 por ciento de todas las
especies que alguna vez han vivido en nuestro planeta. Ésa sí que
es una estadística terrorífica.
Hoy la (in)humanidad está provocando el sexto evento de
extinción masiva en la historia de la biosfera. Y este episodio
está avanzando a un ritmo mucho más rápido que en los
casos de otras extinciones masivas. Se calcula que cada año se extinguen
entre 17 mil y 100 mil especies. ¿Cómo puede un experto afirmar
que se extinguen 17 mil especies cada año y otro científico
afirmar que son 100 mil? Para algunos, eso desacredita a los biólogos y
paleontólogos y los hace quedar como alarmistas. Pero no hay que
engañarse. El hecho de que las estimaciones sobre el número de
especies que anualmente se extinguen tengan un rango tan grande se debe, en
primer lugar, a la incertidumbre sobre el número total de especies en la
biosfera. El récord fósil revela que aun el rango inferior es
varios órdenes de magnitud superior a la tasa normal de extinciones en
el planeta en “tiempos normales”.
No cabe duda. La humanidad está teniendo el mismo impacto que el de
una colisión del planeta con un meteorito (como pudo suceder hace 65
millones de años, cuando se extinguieron los dinosaurios). Pero hasta
ahora, nos hemos estado preocupando por las soluciones puntuales, como reciclar
materiales o ahorrar energía. Son cosas buenas, pero quizás van a
ser insuficientes para revertir el proceso de destrucción porque están
situadas en un plano demasiado localizado. No estamos controlando las fuerzas
económicas detrás de la colosal destrucción ambiental que
estamos generando. Ni siquiera aparece en el horizonte algo que se parezca a un
consenso sobre cómo frenar el apetito del monstruo ocupado. Quizás
el comienzo sea hacerle sentir la humildad de su pequeñez.