La industria ballenera japonesa comenzó ayer la cacería para
la temporada 2007-2008. Desde el puerto de Shimonoseki
zarpó la flota de un barco fábrica y seis arponeros para,
desafiando a la opinión pública mundial, reiniciar la
“pesca con fines científicos” de ballenas. A pesar de una
moratoria internacional en la cacería de cetáceos, Japón
mantiene esta modalidad de pesca en los mares del sur y el Pacífico
norte.
Desde que
El lobby de la industria ballenera japonesa, bien conocido por la
compra de votos al interior de
La tercera defensa a su favor es que es legítimo conservar una
tradición cultural y que muchos regímenes regulatorios
permiten a comunidades esquimales cazar algunas ballenas por esta razón.
Pero esa analogía carece de fundamento. Aunque se pueden encontrar
referencias a la ballena en poesías y cuadros antiguos japoneses, lo
cierto es que nunca fue la pieza central de la cultura pesquera o
culinaria en ese país. Es evidente que su cacería no es
indispensable para la supervivencia cultural del país del sol naciente.
La economía de la industria ballenera japonesa es absurda. La mayor
parte de la carne obtenida en esta “pesca científica” se
mantiene congelada largo tiempo por falta de demanda. Al final, mucha termina
en asilos de ancianos y en desayunos para niños pobres en algunas
prefecturas, lejos del principal puerto ballenero. Algunos estudios revelan
altos contenidos de PCB y mercurio en esa carne, componentes químicos
particularmente dañinos para la niñez. Las ganancias de la flota
ballenera provienen de un enredado sistema de subsidios en el que la transparencia
brilla por su ausencia.
El método de cacería sigue siendo de una crueldad inaudita: el
arpón está dotado de una granada explosiva diseñada para
detonar en el interior de la ballena, causando el mayor daño posible.
Aun así, tarda hasta una hora en morir, en medio de una atroz
agonía. Tal parece que los humanos tenemos dificultades para descifrar
el mensaje que los ecosistemas del mundo nos están enviando. Estamos
provocando una extinción masiva de especies, y nuestra misma capacidad
para sobrevivir peligra. Pero aun así, preferimos imponer el castigo
más cruel a otras especies si se interponen en nuestra
persecución de lucro sin fin.
El fósil de ballena más antiguo, Himalayacetus
subathuensis, fue encontrado recientemente en el
norte de India. Ese hallazgo permite recorrer el récord fósil
sobre ballenas hasta unos 53 millones de años y confirma una
enseñanza importante. Los primeros vertebrados terrestres son
descendientes de especies que salieron del mar y fueron ocupando nichos de
ecosistemas en humedales y esteros. Pero la ballena es un ejemplo de
vertebrados de sangre caliente que regresó a la vida acuática y
emprendió, por así decirlo, una evolución de regreso, de
un hábitat terrestre hacia el mar. El récord fósil y
estudios a nivel molecular revelan que las ballenas comparten un ancestro
común (los artiodáctilos) con mamíferos como venados,
vacas e hipopótamos.
Los paleontólogos que descubrieron el fósil de Himalayacetus señalan con razón que
su hallazgo confirma que la evolución es un proceso complejo que avanza
en cualquier dirección y no es determinista. Quizás la ballena
nos podría enseñar a nosotros, los humanos, que existe un camino
de regreso y que la destrucción del planeta no tiene por qué ser nuestro
destino. Pero ¿estaremos todavía aquí para escuchar la
lección?
La reanudación de la ciega cacería de cetáceos obliga a
recordar con escalofrío las palabras que Mayakovski
escribiera sobre los humanos: “sólo Dios, de verdad todopoderoso,
sabía que se trataba de mamíferos de una raza distinta”.