El primero de noviembre de 1755 un violento terremoto destruyó la
mayor parte de Lisboa. Murieron unas 60 mil personas por el colapso de casas y
edificios, el tsunami que siguió al sismo y los voraces incendios
que acabaron con lo que quedaba de la ciudad.
La catástrofe estremeció la conciencia de
Rousseau estaba adelantándose al concepto
de vulnerabilidad. Pero esa palabra puede resultar engañosa. Se sabe,
por ejemplo, que la pobreza aumenta la vulnerabilidad, pero la negligencia
juega frecuentemente un papel más importante. Los ejemplos se
multiplican y la catástrofe de Tabasco es quizás el arquetipo de
desastre que tiene escritas las palabras negligencia y corrupción por
todos lados. Negligencia y corrupción de gobernadores, elite adinerada,
legislaturas locales, y hasta la clase política en el centro del
país que comparte décadas de descuido frente a los problemas
nacionales.
¿Qué diría Rousseau si
pudiera ver que en 1999 se produjo un ensayo general de esta catástrofe
y que los responsables prefirieron no hacer nada? Hubiera pasado de la
vulnerabilidad a la negligencia rápidamente, ya que las probabilidades
de que estas inundaciones alcanzaran la dimensión actual eran
significativas y todos lo sabían. Pero el riesgo y el peligro nunca
fueron integrados en los planes de inversiones sobre manejo de sistemas
hidráulicos, localización de asentamientos humanos, actividades
productivas u obras de infraestructura. Ahora el inventario de costos
económicos da una idea de la insignificancia del gobierno para enfrentar
la emergencia.
Según las cuentas del gobierno de Tabasco, el costo de las
inundaciones es de alrededor de 2 mil millones de dólares. Quién
sabe qué criterios utiliza el gobierno de Tabasco para realizar este
cálculo, pero al mismo tiempo el gobernador de la entidad, Andrés
Granier, afirma que esta catástrofe es peor
que la provocada por el huracán Katrina
en Nueva Orleáns en agosto de 2005.
Ya que el gobernador invita a utilizar el desastre de Katrina
como referencia, es interesante examinar con detenimiento los costos de aquel
suceso. Para esa tragedia, la administración de Bush
ha solicitado al Congreso 10 mil 500 millones de dólares, lo que ha
convertido al desastre de Nueva Orleáns en la catástrofe
más costosa en la historia de Estados Unidos. Y esa cantidad sólo
incluye costos de limpieza y reconstrucción de infraestructura; no
abarca los gastos por la suspensión temporal de exportaciones de granos
y otros productos básicos a raíz de la destrucción de
instalaciones portuarias, ni el costo cubierto por los habitantes de la ciudad
para reparar sus casas o el de los empleos perdidos.
Entonces es extraño que Granier afirme que
Tabasco es “peor que Nueva Orleáns”, cuando el costo de Katrina es 10 veces superior a lo que estima el
mandatario estatal. Definitivamente, los gobernantes no saben de qué
hablan.
Frente a la tragedia humana, interrogarse sobre los costos económicos
parece odioso. Pero la pregunta es importante porque se relaciona con la
mitigación de daños y la rehabilitación. Y el costo en
Tabasco se anuncia colosal si se toman en cuenta los siguientes rubros:
destrucción en obras de infraestructura (red carretera, puentes,
líneas de ferrocarril, red de alcantarillado y manejo hidráulico,
líneas de energía, etcétera), pozos y oleoductos, lo que
se deja de producir y exportar, la destrucción de capital en empresas y
en el campo, empleos perdidos, escuelas, hospitales y sanatorios severamente
dañados, así como la destrucción de viviendas. El fondo de
200 millones de pesos anunciado por Felipe Calderón y las estimaciones
del gobierno local son irrisorios frente a las dimensiones del desastre.
Para rematar, el gobierno federal anunció una amnistía fiscal
para Tabasco. Dicha “amnistía” parece limitarse al pago del
impuesto al valor agregado y a una parte de las deudas de los
tabasqueños con
Pero además de insuficiente, lo más revelador es el lapsus involuntario: una amnistía es el
olvido de un delito político. Quizás para el gobierno federal los
causantes son algo equiparable a un delincuente político que debe purgar
una pena pagando impuestos. Hay algo de cierto en esta fórmula y Tabasco
es la prueba. Pero el único delito de la ciudadanía es haber
soportado ser rehén de gobiernos corruptos tanto tiempo.